Con la mayoría de edad ya se pueden contar muchas cosas que hasta el día de hoy, cuando cumple 18 años, estaban prohibidas. La primera es que Ricky Rubio no empezó a jugar en el Barcelona por culpa del mismo Barça. Lo cuenta el directivo responsable del baloncesto base del Joventut, Xavier Padrós: “Fue en la final del Campeonato de España infantil que jugaba el Joventut contra el Barcelona. El hermano de Ricky, Marc Rubio, a quien también había pretendido el Barça, jugaba en la Penya. Se puso nervioso y en la prórroga perdió el Joventut. Marc lloraba y el entrenador azulgrana se le acercó y le dijo: ´Si hubieses fichado por el Barça, ahora estarías riendo´. Esto lo oyó Ricky, que en ese momento le cerró las puertas al Barcelona. Vino y me dijo: “Algún día voy a devolverle el campeonato“.
Y así fue. Ricky dejó El Masnou, donde jugaba con los amigos, y fichó por el Joventut. Al año siguiente consiguió el Campeonato de España y se fue a buscar a Padrós para decirle: “Como le prometí, aquí lo tiene”.
Su hermano Marc ha sido su referente en el mundo del baloncesto. En el patio de la casa de su abuela es donde han jugado más uno contra uno al estilo playground. Marc cuenta el secreto de cómo dio Ricky el salto al primer equipo: “Era un sábado por la mañana. Rudy Fernández estaba lesionado y yo fui a entrenarme con el primer equipo. Ricky estaba en la grada, Aíto quería hacer un cinco contra cinco y faltaba un jugador. Me preguntó si el de la grada era mi hermano. Habló con él y a los dos minutos ya se estaba entrenando. Lo hizo muy bien y allí empezó todo”.
Jordi Villacampa, presidente del Joventut, subraya qué representa Ricky para el club: “Es nuestro icono, como lo fue Rudy. Es el espejo de los jóvenes de la Penya que saben que en este club van a tener oportunidades, aunque la suya fue muy rápida”.
Sito Alonso, su actual entrenador, destaca la frase que más veces ha comentado con su Aíto: “Lo capta todo con mucha facilidad y, sobre todo, lo lleva a cabo con maestría. Su situación no es nada fácil. Las estrellas pueden escoger entre dos caminos, vivir de ser buenos, y Ricky lo podría hacer sin esforzarse, o trabajar al máximo, el que ha elegido él”.
Aíto García Reneses habla de su fortaleza mental: “He trabajado con muchos jóvenes, pero él tiene las cualidades y el entorno adecuado. Ha entendido que se puede divertir jugando pero que no podía dejar los estudios. La conexión entre club y familia ha sido clave”.
Su compañero y capitán Pau Ribas explica: “Ricky tiene un peso específico. Jugando es muy descarado, pero eso no hay que confundirlo con ser un chulo. Hace jugadas que sólo ve él, como pasar el balón por debajo de las piernas a un jugador. Pero no es por chulería, sino por calidad. No se le han subido los humos”.
Rudy Fernández, ahora en EE. UU., conoce la presión de ser un líder. “Está capacitado de sobras, aunque no se le puede dar toda la responsabilidad. Lo hemos hablado muchas veces y lo tiene claro. Es inteligente para saber cómo actuar y los pasos que dar”.
Sus amigos son los que más disfrutan con el Ricky adolescente y no con el Ricky jugador. “Yo creo que se hace el tímido, porque con nosotros no lo es nunca. De hecho, él es el que nos sirve para entrar al grupito de chicas. Él queda con la que quiere y nosotros con las amigas”, comenta uno de ellos, Albert.
Marc, otro amigo suyo de El Masnou y ex compañero de equipo en el Colegio de La Immaculada, nos descubre los beneficios de ser famoso: “En una noche de San Juan estábamos en la playa y le robaron la cartera. Cuando fue a reclamarla le reconocieron y se la devolvieron por ser él”.
Su abuela, Anna Schoeckel, su segunda madre, nos desvela que comer es una de las cosas que más le cuesta a Ricky: “Le gusta todo, pero se cansa delante del plato”. Laia, de 12 años y jugadora del Femení Sant Adrià, lamenta lo malo de tener un hermano como él: “No lo veo nunca”. Y añade: “A mis amigas les hace gracia, pero en casa el guapo es Marc. Ricky es el crack“.
Para los padres no es fàcil saber llevarlo todo. Su madre, Tona, nos explica las dudas de su hijo: “Un día, mientras paseábamos al perro. Ricky me paró y me dijo si valía la pena todo este esfuerzo de no salir y de no ir con los amigos a cambio de poder jugar a baloncesto. Le animé a que se lo pensase y al día siguiente ya se habían disipado todas las dudas”.
Su padre, Esteve, es el más racional: “Le recomiendo disfrutar mucho, que aprenda a decir que no, y él ya sabe distingir quién se le acerca por interés o por conocer al Ricky persona”.
Oriol Tarrats
La Vanguardia